Jornada laboral 42 horas Colombia 2026: impacto y retos para las empresas
Desde el 15 de julio de 2026, Colombia opera con una jornada laboral máxima de 42 horas semanales. No fue una decisión repentina: la Ley 2101 de 2021 estableció una reducción progresiva desde las 48 horas que regían hasta 2023, y el país llegó esta semana a su fase final. El salario de los trabajadores no se toca. Las prestaciones sociales tampoco. Lo que sí cambia, de fondo, es la ecuación con la que las empresas colombianas tienen que operar: menos tiempo disponible, mismos objetivos, misma presión por resultados. Y en ese escenario, la pregunta que más se están haciendo los líderes empresariales no es si van a cumplir con la norma, sino cómo van a mantener lo que producen con menos horas para hacerlo.
Más de 1,4 millones de empresas formales en Colombia están obligadas a adaptarse a esta nueva realidad. Y el principal desafío no es el trámite legal ni el ajuste de nómina: es operativo. Un estudio reciente señala que el cambio representa un aumento cercano al 9,5% en el costo por hora de trabajo frente a la jornada de 46 horas, y que muchas empresas deberán contratar personal adicional o rediseñar turnos para sostener su operación sin disparar los costos por horas extras. Los sectores más afectados son los que dependen de procesos continuos o de atención al cliente con cobertura extendida, donde redistribuir seis horas semanales sin afectar la promesa de servicio es un ejercicio que requiere planeación real y no solo voluntad.
Pero el problema de fondo no es nuevo. Durante décadas, buena parte de la gestión empresarial colombiana midió el desempeño por presencia, por horas en la silla, por tiempo de disponibilidad. La jornada de 42 horas no solo reduce ese tiempo: obliga a reemplazar esa lógica por otra. Una donde lo que importa no es cuánto tiempo estuvo alguien trabajando, sino qué produjo mientras lo hacía. Ese es el cambio cultural más difícil de implementar, y también el más necesario para que la reducción de jornada se convierta en una oportunidad real y no en un problema de costos.
El dato que lo pone todo en perspectiva
Los números de la OCDE sobre productividad laboral son reveladores y Colombia aparece en un lugar incómodo. Según el informe Compendium of Productivity Indicators de la organización, Colombia genera apenas 21,2 dólares de PIB por cada hora trabajada, el nivel más bajo entre todos los países miembros del organismo. El promedio de la OCDE es de 71 dólares por hora. Alemania, que trabaja en promedio 25,6 horas semanales, produce casi cuatro veces más valor por hora que Colombia. Luxemburgo, el más productivo, genera más de 130 dólares por hora trabajada con jornadas de menos de 30 horas semanales. La conclusión que se desprende de esos datos es clara: más horas no produce más riqueza. Lo que produce más riqueza es trabajar mejor, con más tecnología, más formación y mejores modelos de gestión.
Colombia encabeza el ranking de horas trabajadas en la OCDE y ocupa el último lugar en productividad por hora. Esa paradoja no es nueva, pero la reducción a 42 horas la pone sobre la mesa con una urgencia diferente. La informalidad laboral, que en Colombia alcanzó el 55,1% entre febrero y abril de 2026 según el DANE, es uno de los factores estructurales que más limita la productividad: más de la mitad de los trabajadores del país operan en condiciones que restringen el acceso a capacitación, tecnología y procesos modernos de producción. A eso se suman brechas en infraestructura, baja inversión tecnológica y un desfase histórico entre lo que el sistema educativo forma y lo que el mercado laboral necesita. Reducir la jornada sin atacar esos factores de fondo puede cambiar el número de horas en el contrato sin cambiar la realidad de la productividad.
Lo que separa a las empresas que se adaptaron de las que no
Los datos que han empezado a surgir desde la implementación son concretos. Según Adecco Colombia, las empresas que habían rediseñado sus procesos y adoptado modelos de gestión por resultados antes del 15 de julio lograron mantener o mejorar su productividad entre un 5% y un 10%. Las que llegaron sin preparación enfrentan hoy una combinación de sobrecostos por horas extras, reconfiguración de turnos y una presión operativa que no estaban listas para absorber. La diferencia entre un grupo y el otro no fue tecnológica ni financiera en primer lugar: fue de liderazgo y de capacidad de gestión. Las empresas que lo lograron tenían líderes que sabían cómo medir desempeño por objetivos, cómo redistribuir cargas de trabajo con criterio y cómo gestionar el cambio cultural que implica pasar de contar horas a contar resultados.
Esa capacidad no se improvisa. Tampoco se adquiere leyendo un manual de buenas prácticas. Se construye en la formación de quienes van a liderar equipos en un entorno donde la eficiencia dejó de ser opcional para convertirse en un requisito estructural de la operación.
Un cambio que también es una oportunidad
La evidencia internacional sobre reducciones de jornada laboral muestra que el impacto depende casi siempre de cómo se implementa el cambio, no del cambio en sí mismo. Países que han reducido su jornada con resultados positivos lo han hecho acompañando la medida con inversión en capacitación, adopción de tecnología y, sobre todo, con una transición hacia modelos de trabajo orientados a resultados y no a presencia. Colombia tiene la oportunidad de hacer ese mismo recorrido, pero para lograrlo necesita que las organizaciones cuenten con líderes que entiendan cómo funciona ese tipo de transformación y que tengan las herramientas para conducirla.
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La jornada de 42 horas ya es una realidad en Colombia. La pregunta que queda abierta no es si las empresas van a adaptarse, sino con qué nivel de preparación van a hacerlo. Y esa respuesta depende, en buena parte, de los líderes que hoy estén formándose para darla.
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